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Derechos reservados.
Propiedad intelectual
(Copyright)
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Inocencia, rusticidad, frescura que invita a acercarse a una obra que no impacta por su intensidad cromática ni su iconografía realista, sino exactamente por lo contrario. Una combinación, o más acertadamente, un juego de seducción entre imágenes que por momentos parecen remitir a las maravillosas representaciones de las culturas precolombinas andinas, perdidas en medio de un espacio pictórico monocromático fuera de todo tiempo y lugar. Imágenes cuya tensión entre lo lineal y las acentuadas curvas, definen los detalles de personajes fácilmente reconocibles y a su vez, imposible de encontrar su espejo en la realidad. Sin embargo, aquella funcionalidad primigenia de las imágenes precolombinas, ligadas a un ámbito fundamentalmente religioso y asociadas al rito, mucho tienen que ver con aquel mundo fantástico y onírico que supieron mostrarnos los Dadaístas y, muy especialmente, los maestros del Surrealismo. La obra de Lalo comienza a dar sus primeros pasos dentro de un ámbito donde se pierden los límites, y es justamente en ese momento donde nos entregamos a la fantasía de reconstruir, y dejarnos llevar, por ese mundo que el artista nos presenta y donde se entrecruzan los antepasados, los muchos y variados presentes, los infinitos mundos mágicos e idílicos y el siempre incierto futuro. Una propuesta que invita a mirar y a ver desde otro lugar; una propuesta que recupera, desde lo concreto de la figuración, la multiplicidad de lo imaginable. En palabras Luis Buñel, un surrealista por excelencia: “Afortunadamente, en algún lugar entre la suerte y el misterio se encuentra la imaginación, lo único que protege nuestra libertad” María Carolina Baulo |
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